lunes, 3 de septiembre de 2012

El juego de las diferencias

Como estoy harto de que la gente identifique funcionario con cargo público y nos meta a todos en el mismo saco, les propongo este juego de las cinco diferencias para que tengan claro qué es cada uno.
1. Un funcionario es una persona que ha sacado una oposición, es decir, que tras obtener la cualificación precisa –en mi caso doctor- ha superado diversos exámenes –dos- ante un tribunal. Un cargo público es alguien nombrado a dedo bien por un responsable político –ministro, alcalde, director general…- o bien elegido no democráticamente dentro de las listas de un partido político (nótese que se vota al partido, pero nadie conoce y vota, por ejemplo, al candidato siete en las listas del ayuntamiento de Barcelona del PSOE. Pero si su partido saca diez concejales asume un cargo público)
2. La labor del funcionario está perfectamente definida (si es policía vigila la seguridad, si es médico la salud, si está en una ventanilla debe poner sellos…). En la inmensa mayoría de los casos se desconoce la función del cargo público. O ¿me pueden decir qué hace el asesor vigésimo quinto del Sr. Rajoy en la Moncloa o el diputado del PP por Ourense (ese que no llega a fin de mes con 5.100 euros. Manda h...)?
3. El sueldo del funcionario está fijado en los Presupuestos Generales del Estado y es perfectamente conocido. El sueldo del asesor público lo fija quien le contrata. En el caso de los cargos públicos electos –diputados, alcaldes…- se lo fijan ellos mismos.
4. Debido al punto 3 el sueldo de los funcionarios ha sido reducido ya en dos ocasiones (la primera lo hizo el PSOE y la segunda el PP. No hay diferencias ideológicas en cómo maltratar a los funcionarios). Por ese mismo punto los cargos públicos no han visto afectado su sueldo (lo que se reducen lo compensan con dietas, viajes extra…).
5. Finalmente, un funcionario es fácil de identificar y, en consecuencia, de echarle la culpa de lo que pasa. Así, cuando un guardia civil le pone una multa, una enfermera le dice que lo suyo no es de urgencias o el profesor le señala que su niño es un cenutrio es sencillo identificar al responsable de que el país no funcione. Pero díganme con sinceridad ¿si se lo cruzan por la calle, podrían identificar a un asesor del Ministro de Economía, al Secretario de Estado de Justicia, al diputado del PSOE por Málaga o al concejal de cultura del ayuntamiento de Sevilla?
¿Están seguros que sobran los 2 millones de funcionarios? ¿No será que lo que sobra es la práctica totalidad de las cerca de 500.000 personas que viven de la política? Hay que hablar con propiedad.

© José L. Calvo

viernes, 31 de agosto de 2012

Corriendo como pollos sin cabeza

Acabo de comprarme el libro de Daniel Kahneman “pensar rápido, pensar despacio” en el que el premio Nobel de Economía de 2002 –primer psicólogo en obtenerlo- mantiene que en un buen número de ocasiones cuando tomamos decisiones en situaciones de incertidumbre nos equivocamos. Dicho en términos económicos: cuando hay incertidumbre no actuamos con racionalidad.
El libro de Kahneman debería ser consultado por el ministro Montoro y su equipo ante las nuevas medidas propuestas, y en especial la subida del IVA. Y ello porque mucho me temo que los objetivos recaudatorios que se han propuesto no van a producirse. La irracionalidad se va a llevar por delante su política. Algunas razones: el ya comentado en otros post efecto inmersión, por el que se van a dejar de declarar todas aquellas actividades que se puedan. El ya famoso con IVA o sin IVA; la destrucción de la industria cultural, ya que con IVAs del 21% es poco probable que la gente compre libros, acuda al cine o a espectáculos… Si ya éramos “un país de piratas” y antes de la subida del IVA comprábamos CDs en la calle aunque tuviéramos que soportar las toses del vecino de butaca ¿se imaginan ahora? Por no citar la de e-books que van a circular por la Red; y finalmente, lo que denomino el efecto demostración. El gobierno está demostrando por qué se afirma que el PP es de derechas: aplica la máxima robar a los pobres para dárselo a los ricos. Y si no ¿cómo se explica que suban los impuestos que recaen sobre la clase baja y media y se olviden de, por ejemplo, un impuesto sobre los bienes de lujo del 33% que ya estuvo vigente con Adolfo Suárez o el impuesto sobre las grandes fortunas?
Por cierto, que este último también demuestra la esquizofrenia del PSOE que reclama en la oposición lo que se negó a introducir en el gobierno: lo pide nueve meses después de que su presidente negase su operatividad por poco recaudatorio y para evitar la huída de capitales (gran visión Sr. Zapatero, ya que de enero a junio se han ido del país más de 200.000 millones de euros y eso sin impuesto).
En fin, que nuestros grandes economistas del gobierno y la oposición hacen propuestas sin sentido, incoherentes y poco apropiadas, basándose en una racionalidad más que dudosa. Como se decía en mi pueblo: corren como pollos sin cabeza.

© José L. Calvo

lunes, 13 de agosto de 2012

Hombres de negro, os recibimos con alegría

La vuelta de vacaciones nos va a traer en septiembre el regalo de la intervención por la Unión Europea: la situación es insostenible y España no puede financiarse en los mercados financieros internacionales, por lo que la única opción que nos queda es acudir a los recursos europeos. No obstante, todavía asistiremos a una “danza” entre el BCE, el FMI y la UE exigiéndole al gobierno que pida el rescate, y la negación de éste hasta que no lo quede más remedio. ¿Por qué la exigencia y la negativa? Veámoslo detenidamente.
Ni el BCE ni el FMI ni la UE se fían del gobierno español, como tampoco se fiaron en su momento del gobierno Zapatero. Ojo, se fían de España pero no del gobierno. Son ya demasiadas las veces en que los sucesivos ejecutivos españoles han prometido reformas que luego no se han atrevido a poner en marcha. Por ello la posición de la UE es clara: os damos el dinero pero nosotros dirigimos la política económica y llevamos a cabo las reformas y liberalizaciones necesarias. Porque si analizamos detalladamente el último informe del BCE –y no se hace como El País cargando solo sobre la reforma laboral- se señalan dos exigencias fundamentales para “poner el dinero”: la necesidad de la reforma de las administraciones públicas y la introducción de competencia en sectores donde su falta provoca márgenes de beneficio injustificables. 
Nueva matización: no sobran funcionarios y empleados públicos, lo que sobran son cargos públicos, asesores, correligionarios políticos, familiares y amigos. En definitiva, sobra clientelismo, ya que tanto el PP como el PSOE han convertido a los ayuntamientos, diputaciones, comunidades o el gobierno central en oficinas de colocación de su gente. Y eso es lo que la UE quiere reformar y a lo que, obviamente, se oponen los dos grandes partidos.
El segundo punto que ha destacado el informe del BCE es la necesidad de mejorar la competitividad a través de la introducción de competencia en sectores como los servicios o el energético. Este último es un caso de manual, ya que un duopolio –Unión Fenosa y Endesa- se distribuyen el mercado, imponiendo sus precios y sus políticas a los consumidores a través de sus presiones al gobierno -¿o no les parece “indicativo” que los presidentes Aznar y González sean consejeros de ambas empresas?-. El BCE quiere que incluso se permita la entrada de empresas no españolas. Naturalmente, a esto se opone la oligarquía político-financiera, en la que participan tanto el PP como el PSOE.
Ante la actuación del gobierno y la oposición, ante su defensa de sus intereses particulares sobre los nacionales, bienvenida sea la intervención de la UE. Y no sería nada bueno que, al igual que hicimos hace ahora 200 años (en 1812), volviésemos a apelar a un añejo orgullo patrio y defendiésemos como entonces los intereses de unos pocos por encima de la modernización de España. En mi caso, me sumo al cántico que entonaba en Bienvenido Míster Marshall el pueblo regido por Pepe Isbert: hombres de negro, os recibimos con alegría, hombres de negro, viva tu madre viva tu tía…

© José L. Calvo

domingo, 5 de agosto de 2012

Noventa años después de 1923

El año que viene se cumplen noventa años de uno de los peores períodos de la historia de Europa y en concreto de la alemana: en 1923 las reparaciones de guerra impuestas en el Tratado de Versalles por los países vencedores de la Primera Guerra Mundial, con Francia a la cabeza, llevaron a la economía alemana a una época conocida como la hiperinflación alemana, con precios desbocados (el IPC pasó de 1 en julio de 1914 a 726.000.000.000 en noviembre de 1923) que provocaron la ruina de los pequeños ahorradores, elevadas tasas de desempleo, el empobrecimiento de la población y el descrédito de la República de Weimar (¿les suena?). El resultado final, tras diez años de inestabilidad, fue la llegada al poder del partido nacionalsocialista (Nazis) y la consecuente historia que todos conocemos.
Noventa años después parece que nada ha cambiado, salvo los protagonistas. Ahora la venganza no procede de Francia sino de Alemania, y los que la sufrimos somos los países mediterráneos a los que, solo para abrir boca, ya se nos denomina despectivamente PIGS. Los alemanes, siguiendo su criterio de confiar es bueno, controlar es mejor han decidido imponernos las medidas que consideran necesarias para convertirnos en rectos ciudadanos de la EU. Para los germánicos la economía es lo único importante, y el coste social y humano causado a los demás es irrelevante.
Esperemos que las autoridades alemanas –y europeas- recapaciten y sean conscientes de lo que hay en juego, evitando que su soberbia les lleve a cometer un gravísimo error por tercera vez en menos de un siglo. No es una moneda, ni siquiera un proyecto común para Europa lo que está en peligro. Es, a mi juicio, el futuro pacífico y democrático de la humanidad.  Como dice el general Sun Tzu, siempre hay que dejarle una salida el adversario, ya que no hay peor enemigo que el que no tiene nada que perder.  La cuenta atrás ya ha comenzado.

© José L. Calvo

viernes, 27 de julio de 2012

Por qué a sus señorías les importa un pito España

Hace poco asistimos a un acto de exaltación partidista que a mí me dejó estupefacto: mientras el presidente Rajoy anunciaba el mayor recorte de la historia de la democracia (65.000 millones) la bancada popular aplaudía entusiásticamente hasta 14 veces, e incluso en pleno paroxismo una de sus señorías se atrevía a lanzar su exabrupto “que les jodan” (vota para que la echen VOTA). Vamos, que una parte importante de los ciudadanos perdían renta y los diputados populares encantados.
Como me gusta buscar una explicación racional a casi todo, aquí va una: los diputados de los dos grandes partidos no deben su escaño a la circunscripción que los elige sino al aparato del partido. Me explico. En España el voto es muy irracional y está muy decantado, de forma que un votante que se considera de izquierdas nunca votará al PP y en sentido inverso ocurre con el PSOE. Dos resultados se derivan de esto: en primer lugar que quién gana las elecciones lo deciden al final entre 1 y 2 millones de votantes; y en segundo lugar que los grandes partidos tienen una buena aproximación de los votos que obtendrán en cada circunscripción, por lo que pueden saber con cierto margen de error el número de diputados que sacarán.
Dada esta última situación, para el aspirante a diputado lo importante no es lo que sucede en su pueblo, cuidad… sino el puesto en el que el aparato del partido le ponga en la candidatura. Conseguir un buen lugar supone salir elegido y obtener las prebendas de un buen sueldo, dietas y jubilación máxima con ocho años de cotización; una mala posición le obliga a ir en las listas sin ninguna posibilidad de obtener escaño.
Si a esto añadimos que se ha creado una clase política cuya única cualificación es su capacidad de medrar en el aparato (¿a qué se podrían dedicar Leire Pajín, Bibiana Aido, Pepe Blanco o Andrea Fabra si dejasen la política?) tenemos el resultado que comentaba al inicio: lo importante para los diputados es que su jefe de filas y los aparatisch les vean aplaudir. Lo que suceda en el país les trae al pairo. 
Y así nos encontramos con una situación paradójica: las Cortes Generales, la institución que debería representar la soberanía popular, acordonada para protegerla de aquellos a quienes dice representar. Al más puro estilo dictatorial. Por el bien de la democracia, listas abiertas YA.

© José L. Calvo

miércoles, 25 de julio de 2012

Antisistema

A una ministra del PP le preguntaban cómo había podido virar desde posiciones comunistas en su juventud hasta el partido conservador. Su respuesta fue que “lo que ha cambiado es el país, no yo”. Esto viene a colación porque ahora está sucediendo lo mismo: antiguos economistas keynesianos se han pasado al ala más ultraconservador de la economía representado por el actual gobierno. Pero en este caso no han utilizado la justificación sino la descalificación: el resto, los que no apoyamos sus planteamientos, somos antisistema.
Menos mal que uno ya está acostumbrado a los insultos. El presidente Zapatero ya nos calificó como de antiespañoles por mencionar la palabra crisis a finales de 2007, y ahora somos antisistema. La diferencia es que en el primer caso me sentí vilipendiado –soy tan o más español que él-, mientras que en la actualidad me considero halagado.
Porque si no apoyar una política que hace recaer la salida de la crisis no en sus creadores –la oligarquía político-financiera- sino en la clases medias y bajas; si considerar que es preferible emplear los impuestos directos –progresivos- en lugar de los indirectos –regresivos- y que hay que gravar las grandes fortunas y las actividades financieras; si creer que lo que hay que reducir es el despilfarro público de tantos aeropuertos, obras faraónicas… a mayor gloria del “chorizo” de turno (“que se jodan”) en lugar de robarle el salario a los funcionarios; si pretender que los políticos metidos a banqueros y aquellos otros políticos que los apoyaron deben responder de sus actos ante la justicia y penar por ello; si defender el estado del bienestar frente a aquellos que lo quieren destruir para incrementar el beneficio de unos pocos es ser antisistema, entonces, sí soy antisistema.
Mientras haya un solo pobre y, al mismo tiempo, una impresentable se gaste un millón de libras en una bañera porque “pasa mucho tiempo en ella” seré antisistema. Llamadme econoflauta.

© José L. Calvo


viernes, 13 de julio de 2012

El ministro que robó la Navidad

Desde hace más de un siglo la Economía se debate entre aquellos que, apoyados en los clásicos y actualmente en el consumer behaviour, la consideran una ciencia social y los que, a partir básicamente del artículo de Milton Friedman de 1953, creen que es una ciencia que se rige por leyes universales como la Física. Para los primeros las decisiones económicas son una combinación de racionalidad y emociones –lo que Keynes definía como el animal spirit- mientras que los segundos argumentan que el agregado de individuos se mueve únicamente por elecciones racionales. El debate, además de metodológico, es ideológico, ya que si aceptamos la segunda de las propuestas no hay nada que la política económica pueda hacer salvo aplicar reglas técnicas.
Esto último es lo que ha debido pensar el catedrático Montoro cuando ha decidido eliminar de un plumazo la paga extra de los funcionarios. Su argumento es sencillo: hay que reducir el salario y la mejor forma de hacerlo es de una vez por todas. Y si lo proponemos ahora, en el verano, pero lo posponemos en el tiempo, hasta dentro de seis meses, cuando llegue ya estará más que aceptado.
Su problema es que no ha tenido en cuenta el animal spirit. Muy al contrario de lo que él piensa, su decisión ha causado malestar ahora, pero esto no es nada para lo que se va a ir produciendo a partir de septiembre. La indignación irá creciendo a medida que nos vayamos acercando a las Navidades, y alcanzará su cenit cuando los empleados públicos vean cómo el resto de la sociedad tiene su paga mientras ellos no la perciben, en beneficio de la banca –que por entonces anunciará nuevos beneficios-. ¿Qué cree el ministro y sus asesores que sucederá cuando los funcionarios tengan que explicarle a sus hijos que los Reyes les van a traer menos regalos o incluso ninguno porque no tienen paga? 
El Sr. Montoro no ha medido los efectos psicológicos de su medida. Le recomiendo revisar sus conocimientos de economía. El ministro, para muchos niños, será conocido como aquél que robó la Navidad.
© José L. Calvo