martes, 9 de junio de 2015

Lecciones de 24M: La estadística y la soberbia

A escasos días de la constitución de los ayuntamientos y las comunidades autónomas surgidas de las elecciones del 24 de mayo siguen percibiéndose sus ecos y la incapacidad de algunos de leer los resultados. Surgen así interpretaciones de lo más peregrinas, en algunos casos motivadas por luna lectura de las estadísticas basada no en lo que dicen esta sino en lo que ellos quieren que digan. Me voy a referir a dos casos concretos: el del PP y su empecinamiento en identificar la lista más votada con la mayoría de los ciudadanos; y la de Podemos de apropiarse de votos que no son suyos.
Comencemos con el PP. Tras perder las mayoría absolutas en muchos ayuntamientos y Comunidades Autónomas la propuesta del PP ha sido la de dejar gobernar a la lista más votada argumentando que lo contrario sería sustraer la voluntad popular. Demostremos esa falacia por reducción al absurdo. Supongamos que en un pueblo se han presentado 19 candidaturas y todas han obtenido el 5% de los votos –es decir tienen derecho a representación- salvo la del PP que ha conseguido el 10%. Según el argumento de los populares eso supondría que deberían gobernar ellos, representado a tan solo 1 de cada 10 electores, sin tener en cuenta la opinión del 90% restante.
Pero es que ni siquiera se sostiene su argumentación en casos concretos. Pongamos el de Madrid, donde Esperanza/Margaret Aguirre/Thatcher ha manifestado que es un robo a la democracia que no la dejen gobernar a ella –mi pregunta es ¿qué sabe ella de democracia? Y ya puestos ¿dónde estaba en el franquismo cuando los comunistas luchaban por la democracia?-. Pues con los datos en la mano su argumento es nuevamente una mentira: un pacto Ahora Madrid/PSOE representa el 47,13% de los votos frente al 34,55% del PP. ¿Hay algo más democrático que gobierne la mayoría de los ciudadanos?
El segundo de los argumentos va contra la arrogancia de una formación que trata de identificar como suyo algo que no lo es: Podemos ha identificado como votos a su formación los de aquellos acuerdos de fuerzas de izquierda que se han producido en muchos ayuntamientos y CC.AA. Simplemente recordarle unos datos: mientras que Ahora Madrid –una lista de confluencia de izquierdas en la que el primer representa de Podemos ocupa el quinto puesto- obtuvo en Madrid capital 519.210 votos, Podemos  logró 286.973 en las autonómicas; dicho de otra forma, el 44,7% de los votantes de Ahora Madrid no votamos a la lista de Podemos a la Comunidad. Algo que les debería hacer pensar antes de lanzar mensajes de tanta soberbia al resto de la izquierda.

© José L. Calvo, 2015

miércoles, 3 de junio de 2015

Si pagan en cacahuetes…tendrán monos

Para la economía ortodoxa lo que pasa dentro de una empresa es una auténtica caja negra de la que no se sabe ni se quiere saber cómo funciona. Sus supuestos de funcionamiento son sencillos: se elige la tecnología más eficiente, es decir, aquella combinación de factores –en el formato más simple capital y trabajo- que minimiza los costes; todos se esfuerzan al máximo, propietarios, directivos y trabajadores, ya que como se acaba de decir el objetivo es minimizar los costes y si alguno no fuese eficiente sería sustituido por otra tecnología en que se utilizase menos o no se utilizase, y los factores productivos son retribuidos según su productividad –en el caso del salario este es igual a la productividad marginal del factor trabajo-, siendo esta un elemento tecnológico. Es decir, la productividad viene fijada única y exclusivamente por la función de producción.
Una de las críticas fundamentales que hace el Behavioral Economics a este planteamiento es algo que a todas luces parece de lo más realista: la productividad no solo está influida por factores tecnológicos, sino que también depende de los salarios. De hecho, el supuesto que en este caso es que la productividad depende positivamente del salario. Esto quiere decir que los trabajadores ajustan su esfuerzo –su productividad- en función de cómo son pagados, consecuentemente, de cómo son tratados: si un trabajador considera que su salario no compensa el esfuerzo que está haciendo en beneficio de la empresa entonces reduce éste, lo que supone una disminución de su productividad y un aumento de los costes. Dicho en román paladin, los empresarios que ofrecen salarios considerados injustos por sus trabajadores, o relaciones laborales que no son razonables y equitativas están haciendo “un pan con unas hostias”.
¿Qué está pasando en España? Pues que parece que nuestros dirigentes políticos y económicos solo han estudiado economía convencional y se han olvidado del sentido común. Para ellos lo que hay que hacer es reducir los salarios, precarizar el empleo –con contratos temporales y parciales-, dejar a los desempleados sin cobertura… eso mina la moral de las fuerza del trabajo de nuestro país y sobre todo nos empuja al modelo de enfrentamiento empresarios/trabajadores –lo que durante el siglo XX se denominó lucha de clases- donde los empresarios tratan de minimizar lo que pagan y los trabajadores, en contraprestación, lo que trabajan. Resultado: baja productividad y disminución de la competitividad a medio y largo plazo.
Para que no crean que todo esto es teórico les pongo mi propio ejemplo y el de algunos de mis compañeros de universidad: después de años con el sueldo congelado –tras una bajada previa-, con un incremento continuado de la carga de trabajo –las plazas de los que se jubilan se amortizan y cada día se inventan grados nuevos-, con una burocratización rampante que consume la gran mayoría de nuestro tiempo y una investigación que ha pasado de ser una vocación –la universidad siempre fue vocacional, nuestro objetivo era aportar conocimientos y soluciones a nuestra sociedad- a un trabajo en el que solo se puede progresar siendo fieles seguidores de los criterios impuestos por la mayoría de la academia –llamémoslo ANECA-, ya que en caso contrario no te publican y no obtienes la certificación, muchos de nosotros hemos optado por la solución del Behavioral Economics: adaptar nuestro esfuerzo. Hoy es fácil observar el desánimo y la falta de interés de una parte importante de los profesores universitarios, especialmente entre aquellos que, como dice un compañero, ya estamos en la escalerilla del parchís, cercanos al final del juego –la jubilación-.
Ya lo dice Javier Mora de quien he tomado prestada la frase –gracias-: si nos pagan en cacahuetes solo podrán tener monos. Si nos tratan de tan mala manera, si los empresarios y gerentes públicos solo piensan en reducir costes a costa de nuestros salarios y de empeorar las condiciones laborales obtendrán lo que se merecen: la ley del mínimo esfuerzo. Así no gana nadie y pierde el país, pero estamos cansados de perder siempre nosotros. 
  
© José L. Calvo, 2015

miércoles, 27 de mayo de 2015

Lección 1 del 24M. Crimen y Castigo


Es conocida la tendencia que tenemos los economistas a intentar explicar el comportamiento humano según nuestros paradigmas. Siguiendo esa línea Gary Becker (1930 -2014, Premio Nobel de Economía en 1992) desarrolló su teoría económica del crimen –otro buen libro sobre esta materia es el de A. Roemer de 2001 publicado en México, un país donde algo saben del tema-. Según Becker un individuo elige cometer un crimen cuando los beneficios asociados a esa comisión son superiores a los costes que le genera. Existen así incentivos a criminalizar la sociedad en aquellas en que las repercusiones personales del castigo son muy inferiores a los beneficios del delito.
Durante los años de la democracia en España esta ha sido la situación de los políticos y a aquellos que y a los que amparan –empresarios o banqueros que si bien eran condenados, el gobierno de turno, popular o socialista, indultaba-. Para estos “servidores públicos” el beneficio de la corrupción ha sido inmenso, mientras que el castigo nimio. Si a eso añadimos que eran ellos mismos los que imponían leyes que les favorecían –ley de financiación/corrupción de los partidos políticos-, que vivimos en un país donde no existe una conciencia cívica suficiente como para considerar que el que no paga sus impuestos es un ladrón –ya lo dice el refrán, “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón” y el estado, es, por definición, un ladrón que eso sí debe proveerme de educación o sanidad gratuita- y que durante los años previos a la crisis el único dios era el dinero –se obtuviera como fuera- el resultado son los múltiples casos de corrupción que salpican a los dos principales partidos políticos: Matas, Fabra, Chaves, Griñan, Gürtel, los ERE, etc.
Lo realmente impresionante es que esta situación ha perdurado durante más de 30 años. No ha sido hasta que la crisis económica ha golpeado fuertemente a nuestro país que los movimientos sociales no han puesto de manifiesto el hartazgo de una mayoría de la sociedad española ante la impunidad con la que se desenvolvían los poderes políticos y económicos.
Las elecciones del 24 de mayo son una lección de que las cosas han cambiado. De que ya no es posible el crimen sin el castigo. El pueblo español ha elegido a representantes que como Ada Colau o Manuela Carmena, son un referente moral frente a personajes que encarnan la corrupción y la soberbia. Y es seguro que nuestros nuevos representantes van a disminuir los beneficios del crimen –la auditoría de los grandes proyectos urbanísticos de Barcelona y la posible paralización de la “OperaciónChamartín” pueden ser dos buenas piedras de toque- y aumentar los costes, que nadie espere pactos sin compromisos anticorrupción como sabe muy bien Susana Díaz. Si ya consiguen poco a poco concienciar a los españoles que los ayuntamientos, con sus ingresos y gastos, somos realmente todos, habremos encontrado una buena senda para encarrilar nuestra economía. Al menos una más equitativa.

© José L. Calvo, 2015