martes, 20 de diciembre de 2016

¿En qué se parece un profesor de universidad a un traficante de drogas?




Hace unos días salía publicado en El Confidencial un artículo sobre el Rector plagiador que comparto plenamente. Según lo leía me vino a la mente un de los capítulos del libro de S. Levitt y S. Dubner (2006) Freakonomics y en concreto el titulado: ¿Por qué continúan viviendo los traficantes de drogas con sus madres? Atando cabos entre uno y otro surgió la idea que da título a este post y que paso a exponer.
En el estudio realizado por Sudhir Venkatesh en los suburbios de Chicago para su tesis doctoral, descubrió que la banda de traficantes de los Black Disciples tenía las siguientes características: una estructura piramidal, con una jefatura central, denominada consejo de administración, que definía la política y regía los destinos de la banda, estableciendo las franquicias; debajo de ella se situaban los líderes que a su vez tenían oficiales; por debajo de los oficiales estaban “los vendedores de la calle, conocidos como soldados de a pie”. El objetivo del líder era ser miembro del consejo de administración, mientras que el de los soldados era ser oficial y luego líder.
Los beneficios de un negocio tan lucrativo como la droga se repartían muy desigualmente: un 20% era para el consejo de administración y el resto era distribuido por el líder que se quedaba la mayor parte, pagando un sueldo tan escaso a sus soldados que tenían que seguir viviendo con sus madres.
El trabajo peor y más peligroso era realizado por los soldados, que no solo debían estar en la calle todo el día y tratar con drogadictos, sino que se exponían a ser asesinados por cualquier banda rival.
Veamos ahora cuál es la situación de los profesores de la universidad española:

  • La estructura es también absolutamente piramidal. Hay pocos capos/catedráticos; un número mayor de jefes intermedios/titulares y muchos aspirantes a ocupar sus plazas -profesores contratados-. Todos intentan subir un peldaño en el escalafón hasta acceder al grado supremo/catedrático -a eso se le denomina carrera académica-
  •  Los que se sitúan en la cúspide de la pirámide deciden qué es y qué no es académicamente correcto. Nada fuera de su ley. He dirigido trabajos magníficos que no se han publicado en España porque no estaban dentro de la corriente ortodoxa de la econometría en ese momento. Recomiendo evitar las revistas económicas españolas
  • Las diferencias salariales, de prestigio y sobre todo de seguridad en el empleo son abismales. Un profesor que comienza en la universidad está en una posición muy parecida a la de un soldado de la droga: su salario es mínimo -tengo compañeros con un curriculum magnífico con 600€/mes-; su trabajo es el peor, ya que asumen una carga docente muy elevada en las asignaturas que nadie quiere -eligen los últimos-; son el “furgón de cola” de un mundo clasista como la universidad y están siempre en la cuerda floja, ya que disgustar a uno de los grandes popes supone la no renovación del contrato.
  • Para ascender y conseguir el “funcionariado” se deben cumplir estrictamente las reglas. Eso quiere decir que sólo se puede publicar sobre aquellos temas que el “consejo de administración” considera de interés. Es irrelevante que nadie los lea o que no tengan ningún impacto social, siempre y cuando tengan su reconocimiento dentro de la academia.  Que conste que este no es problema solamente español: Alessandro Rocaglia denuncia una situación idéntica en Italia en su libro Economistas que se equivocan. Las raíces culturales de la crisis.

Como puede verse, la estructura de ambas organizaciones no difiere sustancialmente. Por eso mi admiración por Richard Thaler y todos los nadadores contracorriente que han sido capaces de separarse de la línea ortodoxa poniendo en juego su carrera académica. Claro que eso ocurre en un país donde el debate académico está abierto, se admite la heterodoxia, y en el que la Universidad debe rendir cuentas a la sociedad. En España, con una universidad aislada de su entorno, financiada poniendo el cazo y no vendiendo su trabajo, en el mundo de la Teoría Económica se sigue publicando bajo los supuestos de que los mercados son eficientes y competitivos, que los consumidores son racionales, que el dinero es neutral, que el sistema financiero sirve para trasladar los recursos de los ahorradores a los que acometen proyectos que producen bienes o que la econometría es un fin en sí mismo y no un instrumento. Y cualquiera que se aparte de esos postulados verá cómo su trabajo no será publicado y su carrera académica tan corta como la vida de un soldado de la droga en una esquina de los suburbios de Chicago. Sólo algunos de los que hemos logrado el ansiado título de funcionario podemos permitirnos el lujo de disentir.
© José L. Calvo, 2016

domingo, 11 de diciembre de 2016

El futuro de las pensiones II. Una propuesta

En el anterior post establecimos dos principios sobre los que se asienta el sistema de pensiones español: contributivo y bien público, al no ser excluyente pero sí ser rival. Y dejé en el aire dos preguntas a las que trataré de responder en este: ¿tiene lógica que perciban una pensión pública personas cuyo patrimonio es lo suficientemente elevado como para poder garantizarse una subsistencia digna tras su jubilación? Y, en segundo lugar, ¿cómo debería ser la relación entre el patrimonio individual y la pensión pública?
Vayamos con la primera que tiene mucho que ver con ese carácter de bien público que definimos y con el hecho de que la Economía consiste en administrar bienes escasos. Si es un bien rival y el que unos disfruten de una pensión supone que otros -especialmente en el futuro- no puedan cobrarla, no parece lógico que en la actualidad todos y cada uno de los españoles tengan derecho a una pensión a cambio de que los futuros pensionistas deban ver reducida o desaparecida la suya. O ¿a alguien le parecería sensato dejar que utilicen los pastos comunes pastores con parcelas propias cuando, además, hay muchos que sólo pueden hacer uso de la pradera de todos? Pero ¿a quién debería el estado privar de su disfrute? La equidad nos indica que los primeros en perder la pensión deberían ser aquellos que tienen recursos económicos propios suficientes para llevar una jubilación digna.
Veámoslo con un ejemplo. Supongamos que una persona llega a su jubilación con un patrimonio de 1.500.000€ y que su esperanza de vida es de 20 años. ¿Tiene sentido otorgarle una pensión pública a esa persona que, con sus propios recursos, tiene 75.000€ anuales (más de 6.000€ mensuales) para su mantenimiento? Por lo tanto, mi primera propuesta es sencilla: establecer un límite máximo de patrimonio a partir del cual se cesa en el derecho a percibir una pensión pública. Dicho límite no debería superar los 1,5 millones de euros. -Se podría argumentar que esto es un impuesto sobre la riqueza, y lo es. A grandes males grandes remedios, más aún cuando la desigualdad ha crecido tanto en nuestro país-. Esto afectaría a un porcentaje pequeño de la población.
La segunda cuestión es mucho más complicada, ya que se trata de ligar el patrimonio a la pensión. En todas las propuestas de modificación del sistema de pensiones que he conocido, en ninguna se relaciona la pensión con la capacidad adquisitiva/patrimonio del pensionista. No hacerlo plantea dos problemas: primero, que estaría bien si los recursos no fueran escasos, es decir, si hubiese ingresos para todos, algo que como hemos visto no es cierto; y en segundo lugar, el estado a través del sistema de pensiones financia las herencias. La gente demanda una pensión digna para vivir, pero en ningún momento la liga con sus recursos propios. Es una absoluta falta de solidaridad de las generaciones mayores, las que perciben pensión, con las más jóvenes, las que se la pagan pero no la recibirán de seguir el sistema así.
Mi propuesta, expresada de forma sencilla porque supone un proceso de cálculo mucho más elaborado de lo que se puede incluir en un post, es la siguiente: establecer una relación negativa entre el patrimonio del jubilado/a y la pensión máxima que cobra. Para ello hay que hacer varias cosas: capitalizar su patrimonio al tiempo en que se jubila; hacer líquido ese patrimonio, probablemente a través del estado y establecer unos mínimo y máximos de pensión pública.
Veámoslo nuevamente con un ejemplo. Supongamos que cuando llego a la edad de jubilación tengo un patrimonio de 500.000€ y una esperanza de vida de 20 años. Eso supone que tengo la posibilidad de unos ingresos brutos mensuales de unos 2000€. El Estado, a través de un sistema similar al de la hipoteca inversa, podría capitalizar mi patrimonio y darme 1.500€/mes además de la pensión pública. La suma de la pensión pública directa más la obtenida por el Estado a través de la capitalización del patrimonio no podría superar un cierto límite, por ejemplo los 3.000€/mensuales brutos. En mi caso, que he contribuido para obtener la pensión máxima, supone un ahorro público de alrededor de 500€/mes, obteniendo yo una pensión que es 1.000€ superior a la máxima. A la hora de mi muerte los herederos tienen dos opciones: o devolver al Estado el dinero que ha gastado en mí, más los intereses correspondientes; o no ejercer la opción de rescate y permitir que todos mis bienes pasen a ser propiedad estatal.
Una opción alternativa sería un impuesto prácticamente confiscatorio a las herencias. Y que conste que esta propuesta no es ni nueva ni mía, sino de John Stuart Mill en sus Principios de Economía Política, el adalid de los liberales que nunca le han leído.
Situaciones desesperadas requieren medidas audaces. Y si queremos un sistema realmente social deberemos luchar por un reparto equitativo de la riqueza. Pero me parece que ni siquiera el partido del joven del pisito, la black de papá y los tres puestos está muy por la labor.
© José L. Calvo, 2016

martes, 6 de diciembre de 2016

El futuro de las pensiones I. Pensiones contributivas y bienes públicos


Uno de los grandes temas de esta legislatura va a ser el futuro de las pensiones. Existe un gran debate en nuestro país, como muestra el hecho de que una búsqueda en google -6/12/2016- dé como resultado más de 1 millón trescientas mil referencias. Yo quiero sugerir una más, pero antes déjenme aclarar algunos conceptos.
Las pensiones pueden ser, básicamente, de dos tipos: contributivas o de capitalización. Un sistema contributivo funcionaría, grosso modo, de la siguiente forma: en un pueblo hacen un pozo en la plaza principal donde los que están en activo, los trabajadores, echan el dinero de sus cotizaciones y los que están en una situación pasiva -pensionistas y parados fundamentalmente- sacan dinero del pozo para su subsistencia. Lo primero que destaca con este sistema es que no se cumple una de las máximas que defienden a “capa y espada” nuestros pensionistas: que ellos contribuyeron en el pasado para sus pensiones. Las contribuciones pasadas -el dinero que en el pasado echaron al pozo- sirvieron para pagar las pensiones del pasado, pero en la actualidad las pensiones son pagadas por las contribuciones de los que estamos trabajando. Así que ni ellos han acumulado ningún capital que justifique su pensión ni nosotros, los activos, tenemos ningún dinero ahorrado para nuestra pensión futura.
Por el contrario, una pensión de capitalización es como si cada uno tuviera el pozo en su casa y fuera depositando una cantidad todos los meses. En ese caso sí hay un capital acumulado a lo largo del tiempo que permite la pensión futura. Pero como digo, este no es el sistema público español.
Con un sistema contributivo si la esperanza de vida de los españoles mejora y la tasa de paro crece mientras que el de cotizantes a la Seguridad Social disminuye el número de los que sacan del pozo aumenta mientras que el de los que depositan se reducepor lo que el sistema es insostenible. De ahí que el gobierno extraiga dinero del fondo de pensiones mes tras mes.  ¿Qué hacer?
Un tercer concepto importante y al que no se hace referencia habitualmente es que el sistema de pensiones en España es un bien común. Los Bienes Comunes se definen como aquellos que no son excluibles -no se puede excluir a nadie de su utilización; todo el que ha cotizado tiene derecho a una pensión e incluso los que no han cotizado perciben una pensión asistencial- pero que, al mismo tiempo, son rivales: el disfrute de la pensión por unos individuos hace que las pensiones de los otros se vean afectadas, especialmente las futuras que hoy por hoy no están garantizadas.
El problema de los bienes comunes fue expuesto por G. Hardin en 1968 en su artículo The Tragedy of Commons. Hardin sostiene que la explotación de un bien común por individuos racionales lleva a su sobrexplotación y, finalmente, a su desaparición. La idea es muy sencilla: supongamos que hay un prado que es propiedad común en el que pueden pastar las vacas de todos los miembros del pueblo. Cada pastor querrá maximizar su beneficio, por lo que llevará el máximo de vacas al prado común; pero esto hará que el número de vacas en el prado sea excesivo, sobrepasando el óptimo y llevando, como decíamos, a su sobrexplotación y finalmente a su desertización.
Mi pregunta es muy sencilla: ¿tienen derecho a llevar sus vacas a la pradera común aquellos que tienen pradera propia? -Se cuenta una anécdota, desconozco si es real, del conde de Romanones cuando la Segunda República introdujo la Reforma Agraria. Preguntado sobre qué le parecía dicha Reforma el Conde afirmó: “fantástica. Entre lo que tengo y lo que me van a dar voy a estar muy bien”-. En el caso de que creamos, como yo, que no tiene lógica que alguien que tiene una propiedad donde pueden pastar sus vacas utilice también los pastos comunes, especialmente si hay otros que solo pueden acceder al prado común ¿cuál debería ser el tamaño de la parcela de un individuo para que la autoridad le pueda excluir de la utilización del bien común? o bien ¿puede establecerse una relación inversa entre el tamaño de la pradera individual y el uso de los pastos comunales?
Y ahora su traducción a pensiones: en primer lugar, ¿tiene lógica que perciban una pensión pública personas cuyo patrimonio es lo suficientemente elevado como para poder garantizarse una subsistencia más que digna tras su jubilación? Y, en segundo lugar, ¿cómo debería ser la relación entre el patrimonio individual y la pensión pública?
Denle una vuelta. Yo, para no alargarme, dejo mi propuesta para el siguiente post.
© José L. Calvo, 2016

domingo, 20 de noviembre de 2016

Efecto coste sumergido. El ejemplo de la UNED

Los costes sumergidos (sunk cost) se definen como aquella inversión que realiza una empresa para entrar en un determinado mercado y que es irrecuperable. Este es un concepto muy amplio, pero que puede asimilarse en gran medida con lo que a corto plazo denominamos Costes Fijos. Así por ejemplo, para un bar que pone terraza en verano el coste sumergido sería la licencia que paga al ayuntamiento y que es independiente de la climatología.
Para la Economía ortodoxa los costes sumergidos no son ningún problema. De hecho, el Mínimo de Explotación se define como aquél punto en que a la empresa le da igual producir que no hacerlo, ya que tan solo cubre los costes variables, perdiendo los costes fijos. Volvamos a nuestro ejemplo de la terraza y supongamos que al coste de la licencia le sumamos el de los camareros que la atienden y que pueden ser contratados por horas (coste variable): lo que dice la Teoría Económica ortodoxa es que si los ingresos solo nos llegan para pagar a los camareros pero no para pagar la licencia entonces nos da igual poner la terraza que no, ya que en ambos casos perderemos ese pago al ayuntamiento; obviamente, si los ingresos son inferiores a los del Mínimo de Explotación entonces es preferible no poner la terraza. Perfectamente racional.
Pero ¿es esto lo que se produce en la realidad? La Economía del Comportamiento nos descubre que no es el caso. Dado que no somos tan racionales como nos creemos, muchas veces insistimos en mantener nuestra terraza abierta, aunque no cubramos ni la licencia ni parte de los salarios de los camareros. El motivo es muy sencillo: ya hemos invertido en la licencia y hay que aprovecharla.
Y ahora viene el ejemplo al que hago referencia en el título. La UNED fue creada hace más de 40 años en un mundo que en nada se parecía al actual. No existían ordenadores, ni programas de gestión -por ponerles dos ejemplos mi tesis, presentada a mediados de los ochenta, estaba ¡escrita con máquina de escribir! Y la de mi hermana utilizaba ¡fichas perforadas!- Y la comunicación profesor/alumno se realizaba vía teléfono o por correo postal. Las plantillas fueron dimensionadas de acuerdo a ese mundo analógico: el personal administrativo (PAS) era muy elevado dadas las múltiples gestiones que había que realizar manualmente; mientras que el profesorado era relativamente menor, ya que la iteración con los alumnos era escasa. Así, mientras que la relación entre profesores y PAS en otras universidades es de 9 a 1, en la UNED es de 1 a 1.
Pero llegó la revolución de las TICs y todo cambió. Los ordenadores y los programas informáticos permitieron que muchas de esas gestiones administrativas se estandarizaran, reduciendo de manera muy significativa el número de personas necesarias para realizarlas; por el contrario, la relación profesor/alumno creció, primero con el correo electrónico y luego con los foros.
¿Se ajustaron las plantillas al nuevo mundo digital como demandaría la más pura ortodoxia económica? La respuesta claramente es no. Los costes sumergidos asociados al PAS no solo no se han reducido, sino que no han permitido el aumento de la plantilla de profesorado necesaria. Eso es lo que constata año tras año la Inspección General de la Administración del Estado (IGAE), que en sus informes deja claro que la UNED supera el límite presupuestario de gasto en personal de administración en cerca de 5 millones de euros anuales. Se pueden imaginar de dónde salen.
La otra gran irracionalidad económica de la UNED ligada a los costes sumergidos está en su plataforma tecnológica para la relación profesor/alumno -Alf-. Esta es una plataforma obsoleta, nada intuitiva y con una imagen muy antigua frente a otras como Moodle o Blackboard mucho más modernas y fáciles de manejar. Y sin embargo, año tras año en lugar de adoptar cualquiera de las mencionadas se siguen enterrando miles de euros en una plataforma que no dejará ni de estar obsoleta, ni mejorará su imagen ni se volverá, por arte de magia, en más intuitiva. Puro efecto costes sumergidos en una universidad con una Facultad de Económicas y cuyo penúltimo Rector -durante ocho años- dice ser economista.
Y es que el efecto costes sumergidos es muy poderoso. Afecta a grandes empresas -el avión Concorde del grupo franco-británico es un clásico sobre cómo insistir en invertir en un proyecto que ya se sabía que no iba a ser rentable-; a países -en la Guerra de Vietnam EE.UU. siguió perdiendo hombres y dinero aun después de saber que nunca la ganaría- e incluso a algunos de nosotros en nuestra vida diaria -hay mucha gente que se obceca en un matrimonio acabado pero en el que ha invertido mucho tiempo y amor como para dejarlo ir-.
© José L. Calvo, 2016

miércoles, 9 de noviembre de 2016

D. Trump President. El fin de la Escuela de Chicago

Contra todo pronóstico -los analistas de los mercados deberían dedicarse a otra cosa: descontaron ayer la victoria de Clinton como hace unos meses la derrota del Brexit- Donald Trump ha vencido en las elecciones presidenciales estadounidenses. Hay muchas razones para explicar esta victoria, pero me gustaría concentrarme en dos factores: el papel que han jugado los profesionales de la academia económica y el futuro que esta elección supone para esta. Los argumentos que desarrollaré a continuación son muy sencillos: por un lado, los más ortodoxos de la Teoría Económica, la famosa Escuela de Chicago, han basado sus análisis económicos en dos errores que, a pesar de la crisis, no han sabido resolver: la racionalidad y la ingeniería macroeconómica. El Brexit y la elección de Trump les han dado una patada a ambos. Esto supone la segunda conclusión: la Teoría Económica, tanto la Micro como la Macroeconomía, van a sufrir una auténtica revolución que derribará los pilares en los que se han asentado durante el último siglo.  
Como señalaba en el párrafo anterior, dos ideas han sido básicas en el desarrollo de la Teoría Económica durante el siglo XX y comienzos del XXI: desde una perspectiva Microeconómica el individuo es racional, es decir, toma sus decisiones solamente teniendo en cuenta su utilidad, sin considerar otros factores emocionales, psicológicos, sociales…; desde el punto de vista de la Macroeconomía, la economía puede aproximarse a través de un modelo matemático/ingenieril más o menos complejo, de forma que cuando “algo se tuerce” solo es preciso tocar la tecla correspondiente -realizar el ajuste de fine tuning- para que vuelva a su equilibrio. Modelos como la Teoría de la Eficiencia de los Mercados están en esa línea. Y las políticas de austeridad aplicadas en la UE son un excelente ejemplo de esas reglas matemático/ingenieriles que guían la política económica.  
Pero si algo ha demostrado la elección de Trump, lo mismo que el Brexit e incluso el referéndum de Colombia es que la economía está llena de personas. Lo que no entienden los economistas ortodoxos es algo que cualquier economista del comportamiento puede explicar. Los electores estadounidenses, como los británicos, no han votado racionalmente sino con las tripas, han hecho valer su venganza contra una clase política y académica absolutamente distanciada de su realidad. El americano blanco del medio oeste, lo mismo que el británico de mediana edad y bajo nivel cultural que vive en una ciudad deprimida por la desindustrialización no ha visto las ventajas del libre comercio, del crecimiento económico, de la liberalización de los mercados, de los instrumentos financieros que distribuyen el riesgo o la necesidad de preservar el medio ambiente para las generaciones futuras. Lo que han visto es que ha perdido su empleo, que su nivel de vida se ha reducido y que el futuro de sus hijos es mucho peor que el pasado histórico de su país -la gran América o el Imperio Británico-. Y han respondido a la oferta populista, seguramente irreal de que aquellos días de bonanza podrían volver. Porque lo que perciben como seguro es que Hillary Clinton lo mismo que la pertenencia del Reino Unido a la UE era más de lo mismo. Los votantes americanos y británicos son fácilmente reconocidos en la frase de Marat.

De la caducidad de los modelos macroeconómicos es casi innecesario hablar. Existe toda una corriente que deja claro que los modelos matemáticos/ingenieriles previos no sirven para explicar el mundo real y, sobre todo, no han servido ni para predecir la actual crisis ni para resolverla. Dos fantásticos ejemplos son el artículo de Paul Romer The Trouble with Macroeconomics y el de David Colander et al The Financial Crisis and the Systematic Failure of Academic Economics .
Por estos dos motivos, por la irracionalidad redescubierta y por la inefectividad de los modelos macroeconómicos creo, como muchos otros, que la Teoría Económica debe “reiniciarse”. Porque los supuestos sobre los que se ha basado en el último siglo ya no son efectivos. Ahí hay un reto ingente pero muy ilusionante. Quienes sean capaces de definir los nuevos paradigmas de la Economía serán los que dirijan la sociedad del siglo XXI y orienten su camino en una u otra dirección.
Y por eso mismo tampoco tengo ningún temor a la vuelta del Reganomics o el Thatcherismo. Trump es un ortodoxo, pero no es tonto. Seguramente introducirá algunos componentes neoliberales como la reducción de impuestos, pero los acompañará de subsidios y medidas proteccionistas, antimercados, que permitan la subsistencia y mejora de la clase media rural americana, su electorado. Si alguien piensa que D. Trump va a dar de nuevo alas a la Escuela de Chicago está muy equivocado.
© José L. Calvo, 2016  

lunes, 10 de octubre de 2016

La vida identificada y la vida estadística

Acaba de salir publicada la edición en español del último libro de Richard Thaler La Psicología Económica, una malísima traducción del título original Misbehaving que no solo demuestra que quien la eligió desconoce completamente lo que es la Economía del Comportamiento al reducirla a mera Psicología aplicada a la Economía olvidándose de la labor de la Sociología, la Filosofía o la Antropología en esta área, sino que además elimina el toque irónico que Thaler quiere darle al título de su libro comparando su mal comportamiento con el bueno de la teoría económica ortodoxa.
Pero no quiero concentrarme en ese tema sino en uno de los múltiples ejemplos que Thaler incluye en su libro para explicar cómo las predicciones de la teoría económica basadas en el homo economicus (Econ lo llama él) tienden a producir graves errores. Cuenta que estaba trabajando en su tesis doctoral el valor de una vida cuando se encontró con un trabajo de T. Schelling titulado The Life You Save May Be Your Own que incorpora el siguiente párrafo:
Si una niña de seis años y pelo castaño necesitase miles de dólares para una operación que prolongase su vida hasta Navidad, las oficinas de correos se colapsarían de donaciones de cinco y diez céntimos para salvarla. Sin embargo, si se informa de que sin un impuesto especial las instalaciones del hospital de Massachusetts se deteriorarán provocando un incremento apenas perceptible de muertes evitables, pocos derramarán lágrimas por ello o echarán mano a sus carteras”
A partir de ahí T. Schelling desarrolla los conceptos de vida estadística y vida identificada.  La vida estadística es un ente abstracto al que no podemos referenciar y del que, de hecho, podemos calcular su valor numérico. Por el contrario, una vida identificada tiene rostro y es fácilmente reconocible. Lo relevante desde el punto de vista de la teoría económica es lo que señala Thaler: en un mundo de Econs, la sociedad no pagaría más por salvar una vida identificada que por veinte vidas estadísticas.
Sin embargo la realidad contradice ese supuesto. Como bien dice Schiller, somos capaces de donar dinero cuando identificamos a una persona real con problemas, pero no cuando esa misma situación se distribuye entre un gran colectivo.
Y lo vemos todos los días. Nos conmueven los refugiados cuando podemos identificarlos como en el caso de Aylan Kurdi; pero cuando pasan a ser millones, cuando dejan de tener rostro y ser una mera estadística entonces ya no estamos dispuestos a sacrificar nuestro bienestar en su favor, cerramos nuestras fronteras e incluso pagamos a un país totalitario para que las defienda y no permita la entrada de cientos, de miles de Aylanes sin rostro; nos estremecemos ante el más de un centenar de muertos en Niza pero no nos impresionan los miles de muertos de Alepo. Son vidas estadísticas.
El colmo es cuando somos capaces de sustituir seres humanos no identificados por un animal perfectamente visible. Me impresiona cómo es posible que se movilicen miles de personas para que no maten a un toro -una práctica con la que no estoy de acuerdo, pero por la que no movería un dedo ni a favor ni en contra. Si por mi fuera las corridas de toros se extinguirían por falta de público, en estricta aplicación de las leyes del mercado- pero esos mismos sujetos son incapaces de salir a la calle a reclamar los derechos de los refugiados sirios, de los migrantes que mueren en el mar. De exigir al gobierno y a los diferentes grupos políticos partidas presupuestarias propias y de Europa para ayudarles. Y ya cuando esos mismos que defienden a los animales abogan por la muerte de aquellos que disienten me parecen, simplemente, repugnantes.
© José L. Calvo, 2016

miércoles, 5 de octubre de 2016

La Economía Moral. Incentivos económicos versus preferencias sociales

Este verano ha salido publicado el libro de Samuel Bowles The Moral Economy. Why Good Incentives Are No Substitute for Good Citizens que, como de su propio título se puede derivar, discute si los incentivos económicos afectan a las preferencias sociales de los individuos. De hecho, uno de sus argumentos es que la introducción de incentivos económicos produce un efecto crowding-out moral.
Esto va a en contra de lo que predice la Teoría Económica ortodoxa, que considera los incentivos y las preferencias sociales como separables y aditivos, de forma que la introducción de un incentivo no solo no afecta negativamente a las normas morales que rigen nuestro comportamiento como miembros de la sociedad, sino que se suman a ellas para generar un efecto positivo conjunto.
Pero eso no es lo que observamos en la realidad. Un ejemplo muy utilizado nos servirá para explicar cómo funciona el crowding-out moral de Bowles.  U. Gneezy y A. Rustichini (2000) realizaron un estudio en una guardería de Haifa (Israel). Las autoridades observaron que algunos padres llegaban tarde a recoger a sus hijos, con el perjuicio que ello causaba a sus cuidadores. Para evitarlo decidieron introducir una multa del equivalente a $3 por niño cada vez que llegasen más de diez minutos tarde. Lo que la Teoría Económica establece es que los padres reaccionarían ante la multa y, como es algo costoso, dejarían de llegar tarde.
Pero el resultado fue justamente lo contrario. Los padres no solo no dejaron de llegar tarde, sino que en poco tiempo se había doblado el número de padres que se retrasaban, y no descendió ni siquiera cuando la multa fue retirada. La explicación:  se había puesto un coste de oportunidad a la tardanza, y los padres estaban dispuestos a pagarlo. Así, una norma social como la de respetar el tiempo de los demás y no hacerlos cargar con nuestras responsabilidades había sido abolida, para muchos padres, al fijarle un precio.
La sugerencia de Bowles es que el “policy maker” debe tener en cuenta no sólo la cuantía de los incentivos/multas que introduce, sino los efectos morales que produce sobre la sociedad. Así, es lógico que la Agencia Tributaria introduzca sanciones para los defraudadores, pero si estas no son lo suficientemente elevadas y, sobre todo, si no tienen un componente moral ejemplificador, es muy probable que no surtan los efectos deseados.
Lo que se puede traducir a España. Cuando el dinero público -de los contribuyentes, de todos los que pagamos impuestos- es utilizado por los políticos y sus adláteres como propio, cuando las multas y penas de cárcel no solo no son ejemplificantes sino que parece que se burlan de la sociedad, cuando nunca devuelven lo robado aún con una sentencia firme y con los activos suficientes, cuando vemos a los “Sres” Blesa, Rato… o a la senadora Barberá comportarse con una soberbia inconmensurable y tratando de hacernos creer que lo que tienen es su derecho ¿Qué más dan las sanciones si lo que falta son las normas morales? ¿quién va a convencer a los españoles de que lo correcto es pagar a Hacienda si vemos cómo nuestros prohombres -y promujeres- no solo no lo hacen, sino que se jactan de ello?
La regeneración moral debe ser el primer paso. Después los incentivos. ¡Qué gran oportunidad perdida por los personalismos de la izquierda!
© José L. Calvo